Balada
de los lugares olvidados
"Mis
refugios más bellos,
los
lugares que se adaptan mejor a los colores últimos de mi alma,
están
hechos de todo lo que los otros olvidaron.
Son
sitios solitarios excavados en la caricia de la hierba,
en
una sombra de alas; en una canción que pasa;
regiones
cuyos límites giran con los carruajes fantasmales
que
transportan la niebla en el amanecer
y
en cuyos cielos se dibujan nombres, viejas frases de amor,
juramentos
ardientes como constelaciones de luciérnagas ebrias.
Algunas
veces pasan poblaciones terrosas, acampan roncos trenes,
una
pareja junta naranjas prodigiosas en el borde del mar,
una
sola reliquia se propaga por toda la extensión.
Parecerían
espejismos rotos,
recortes
de fotografías arrancados de un álbum para orientar a la nostalgia,
pero
tienen raíces más profundas que este suelo que se hunde,
estas
puertas que huyen, estas paredes que se borran.
Son
islas encantadas en las que sólo yo puedo ser la hechicera.
¿Y
quién si no, sube las escaleras hacia aquellos desvanes entre nubes
donde
la luz zumbaba enardecida en la miel de la siesta,
vuelve
a abrir el arcón donde yacen los restos de una historia inclemente,
mil
veces inmolada nada más que a delirios, nada más que a espumas,
y
se prueba de nuevo los pedazos
como
aquellos disfraces de las protagonistas invencibles,
el
círculo de fuego con el que encandilaba al escorpión del tiempo?
¿Quién
limpia con su aliento los cristales y remueve la lumbre del atardecer
en
aquellas habitaciones donde la mesa era un altar de idolatría,
cada
silla, un paisaje replegado después de cada viaje,
y
el lecho, un tormentoso atajo hacia la otra orilla de los sueños;
aposentos
profundos como redes suspendidas del cielo,
como
los abrazos sin fin donde me deslizaba hasta rozar las plumas de la muerte,
hasta
invertir las leyes del conocimiento y la caída?
¿Quién
se interna en los parques con el soplo dorado de cada Navidad
y
lava los follajes con un trapito gris que fue el pañuelo de las despedidas,
y
entrelaza de nuevo las guirnaldas con un hilo de lágrimas,
repitiendo
un fantástico ritual entre copas trizadas y absortos comensales,
mientras
paleada en las doce uvas verdes de la redención—
una
por cada mes, una por cada año, una por cada siglo de vacía indulgencia—
un
ácido sabor menos mordiente que el del pan del olvido?
¿Por
qué quién sino yo les cambia el agua a todos los recuerdos?
¿Quién
incrusta el presente como un tajo ante las proyecciones del pasado?
¿Alguien
trueca mis lámparas antiguas por sus lámparas nuevas?
Mis
refugios más bellos son sitios solitarios a los que nadie va
y
en los que sólo hay sombras que se animan cuando soy la hechicera".
Poeta
Argentina
1920
- 1999